
«Haz que lo volátil se fije y que lo fijo se vuelva volátil;
pues no hay otro camino para nuestra Obra».
Basilio Valentín
Mi «corpus de obra» ha transitado por diversas fases y formas desde su origen, siempre articulado en torno al pensamiento visual y su relación con las materias de lo imaginal. Desde mis primeras obras de arte, la atención se desplazó tempranamente hacia el «dispositivo de enunciación» de las imágenes. Me interesaba cómo estos dispositivos afectaban el espacio de la mirada a través de vínculos específicos entre la instalación de la imagen y la movilización de su recepción.
Tras ser distinguido con el Premio Luis Caballero en su primera versión, decidí tomar una distancia radical del ‘medio del arte’ para continuar una búsqueda de “aquello que subyacía detrás del arte y no enseñaban en las universidades”. Aquella exploración me condujo hacia lo que se fue revelando como la «subhistoria del espíritu humano»: una aventura interior por los senderos marginalizados de la historia oficial de Occidente. Este tránsito fue detonado por la «irrupción del Rayo sobre la palabra» y la consecuente «caída de la torre del lenguaje», acontecimiento que derivó en una revolución de la consciencia y en el desmantelamiento de mis propias estructuras de pensamiento y representación.
A partir aquel entonces, mi práctica artística se diversificó en experiencias pedagógicas en contextos marginales, intervenciones esporádicas en el ‘medio’ o el espacio público y la docencia universitaria, mientras emprendía viajes en busca de saberes que no figuraban en el radar del sistema del arte contemporáneo, al que comprendía cada vez más como un territorio crecientemente colonizado por la logocentralidad de la investigación según los paradigmas de las ciencias sociales. Profundizar en la «subhistoria» implicó el encuentro con otras materias más sutiles; paralelo a tales incursiones, asumí el trabajo de taller como un «laboratorio» en el sentido alquímico estricto: ‘Labor-Oratorium’, un pronunciamiento interno para laborar sobre «la materia prima de la Gran Imagen que no tiene forma».
Fue en el proceso de las últimas dos décadas donde, progresivamente, hizo emergencia el sistema de pensamiento poético y poiético que hoy se consolida bajo la creación de la Máquina Ergo-Exergo: un dispositivo y una metáfora donde, finalmente, puede descansar la autoría. En este «laboratorio de desmontaje poético-contemplativo», el dispositivo se ocupa de la representación de los sistemas de representación mismos{una disposición de meta-representación}, para dar presencia a la imposibilidad de representación de «la Consciencia testigo»: aquella inmanencia que emerge tras la caída de la torre del lenguaje; el punto de quietud desde donde el anima mundi observa, teje y desteje los engranajes del incesante flujo de la machina mundi.
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«Aisthesis no es otra cosa que episteme».
Protágoras
Como artista y pensador visual, exploro las intersecciones entre diversas genealogías de la imagen, la impermanencia del flujo de la substancia mental y la crítica a los sistemas de representación; no tanto de la representación mimética, sino de la confianza acrítica y apoética en los sistemas de representatividad, sus luchas simbólicas y su guerra de memorias. Parto de la necesidad de descolonizar el inconsciente —personal y colectivo— de los discursos logocéntricos y los metarrelatos de los regímenes de representación para emancipar la potencia del deseo y su flujo en imágenes como proposiciones de mundos posibles.
Con el concurso de la máquina poética y poiética Ergo-Exergo, orquesto desmontajes y migraciones icónicas, matéricas y de sentido que desmantelan la fijeza identitaria y discursiva; al hacerlo, la Máquina disminuye la autoría a favor de su propio «Corpus Gramatical». Frente a las políticas de la identidad , el dispositivo contrapropone una ⸘poética de la desidentidad‽ De esta forma, volatiliza los barrotes de las narrativas logoegoícas de la representatividad mientras excarcela del lenguaje una aisthética de la presencia. De forma complementaria, la Máquina aventura otro camino de lo posible: la irrupción de imágenes arquetipales que transmutan la visualidad en un acto de resistencia y revelación que acoge la diversidad en la unidad.
La Máquina Ergo-Exergo articula operaciones de montaje transpersonal dirigidas no tanto contra «el poder político de la representación», sino contra las estructuras del lenguaje que lo sostienen. En estas operaciones, los signos preexistentes migran hacia nuevas derivas de sentido como resultado de la combinación de signos visuales y materias. La retórica poética de la Máquina despliega el juego semántico de un «ars combinatoria» para agenciar las potencias del deseo frente a la colonización del inconsciente, transmutando en visualidad lo invisible del revés de la trama de la historia e invisibilizando lo visible en su trama, para convocar al observador a recuperar su autonomía como tejedor de sentido.
La obra se fundamenta en la soberanía de la ‘aisthesis‘, entendida como una visión compleja de mundo: el conocimiento sensible que atraviesa el cuerpo, la forma y la materia en su potencia poética, afectiva y de afectación. Es en este sistema aisthético de la Máquina donde los agenciamientos del deseo del inconsciente y la dimensión arquetipal concurren activamente. En el contexto de la Ergo-Exergo, opero como un médium del inconsciente personal y colectivo: un nodo articulador de arquetipos transculturales y transepocales que encarnan su presencia, precisamente, perforando la historia desde el revés de su trama.
Finalmente, concibo el arte como un acto de resistencia nómada y apertura cosmopolita, orientado hacia la libertad y la empatía con una diversidad humana en constante fluidez identitaria y en construcción de su propia humanidad esencial. Frente a la linealidad de la historia oficial, la fijeza de los metarrelatos y de los discursos del poder político de la representación que colonizan y fragmentan a los individuos y los pueblos, defiendo la autonomía y la potencia de revelación del pensamiento poético. Reivindico la migración como condición humana transhumante y al arte —entendido como revelación aisthética— que descoloniza la mirada para contemplar y ser atravesados por el hálito vital de la «Gran Imagen» que somos: aquella que no tiene forma, ni semejanza donde reposar.





